Soledad
23 años han pasado desde aquel día en que no supe renunciar a mi libertad. El día en que tus lagrimas embalsamaban mi ventana rogándome que no me marchara.
La cegante sed de fortuna no me permitió ver en aquellos días que aun mendigos, seriamos felices si estábamos juntos. Soledad, si en aquellos años te amaba con fervor, y por temor a no ser digno de ti te abandone a tu suerte, ¿puedes creer que hoy te amo más? Mi pequeña niña, como pude yo haberme dejado ser el causante de tu dolor.
Soledad, aun conservo las cartas perfumadas que me enviabas sin saber si habría respuesta, aun tengo las palabras de dolor pidiéndome regresar a salvarte de un matrimonio que no buscabas porque lo soñabas a mi lado. Y yo, iluso y soñador, deje que el tiempo se gastara en esos trozos de papel sin saber que arriesgaba a no volver a verte. Y ahora siendo yo el que te espera, el que te sueña y te ruega que regreses, no se si en tu corazón pueda haber perdón para este tonto que no supo ver que el amor no se vive en una casa grande.
Pero tu madre, esa mujer que tanto me odio por ser un huérfano hijo de los manglares, los años que desprecio que jugáramos juntos, las interminables horas que me alejo de ti diciendo que los adolescentes solo piensan con las manos y que no saben que las responsabilidades vienen con la madurez. No es una excusa, pero ella me empujo a la aventura de hacerme rico y digno de tu alcurnia. Sin saber yo que era una mentira más para que al fin me alejara de la vida de su preciada hija.
Te amo Soledad, y si en tu corazón encuentras perdón, regresa a la puerta que abierta te espera, y besa mis labios que aun se guardan para tu primer beso.
Tu viejo Saúl
